viernes, 23 de mayo de 2014

I.

Apreté con la mano la piedra vieja, y la sangre salió de ella,
 corrió como un riachuelo por mi brazo de madera.

En mi pecho había una lechuza cantando las mismas dos notas siempre, columpiándose entre mis engranajes de intestinos.

 Me senté en una roca del desierto, y esperé a que llegara la noche
 como quien espera a que llegue el tren azul y no llega.

Mi mano se abrió y se calló la piedra en el desierto,
 y su sangre lo tiñó de rojo.
Me costaba respirar, el cielo morado pesaba , como pesa un muerto en el agua.

Cuando llegó la noche, vinieron las culebras y se comieron los hombros sobre los que sostenía el cielo,

 y el cielo se cayó.

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